Funciones ejecutivas: cuando saber qué hacer no es suficiente

 



Muchas veces observamos una situación que parece contradictoria: un niño inteligente que comprende perfectamente las explicaciones, pero no termina sus tareas; un adolescente que sabe que debe estudiar, pero posterga hasta el último momento; o un adulto competente que tiene buenas ideas, pero se desorganiza, llega tarde o deja proyectos sin concluir.

Estas conductas suelen interpretarse rápidamente como falta de interés, irresponsabilidad, pereza o poca voluntad. Sin embargo, existe otra posibilidad que merece ser comprendida: la persona puede saber qué hacer, pero tener dificultades para organizar su conducta y conseguir hacerlo de manera consistente.

Esta diferencia es fundamental para comprender las funciones ejecutivas.

El psicólogo e investigador Russell A. Barkley propone entenderlas no simplemente como un conjunto de habilidades cognitivas, sino fundamentalmente como un sistema de autorregulación que permite dirigir nuestra conducta hacia metas futuras.


Inteligencia y funciones ejecutivas no son lo mismo

La inteligencia comprende capacidades como razonar, comprender, aprender, utilizar el lenguaje, recordar información y resolver problemas.

Las funciones ejecutivas cumplen una tarea diferente: permiten poner esas capacidades al servicio de nuestros objetivos.

Podríamos expresarlo mediante dos preguntas:

Inteligencia: ¿qué puede hacer esta persona?

Funciones ejecutivas: ¿consigue hacer lo que sabe que debe hacer, en el momento adecuado y durante el tiempo necesario?

Por eso, una persona puede tener buenas capacidades intelectuales y, simultáneamente, presentar dificultades para iniciar actividades, organizar materiales, administrar el tiempo, controlar impulsos, tolerar la frustración, mantener el esfuerzo o terminar lo que comienza.

Esta distinción entre capacidad y desempeño es una de las ideas más útiles del modelo de Barkley.



¿Cuáles son las principales funciones ejecutivas?

Barkley describe diferentes acciones que progresivamente aprendemos a dirigir hacia nosotros mismos para gobernar nuestra conducta.

Una de ellas es la autoconciencia: observar qué estamos haciendo, reconocer nuestros estados internos y detectar cuándo necesitamos modificar nuestra conducta.

Otra es la inhibición o autocontrol. Inhibirse no significa simplemente quedarse quieto. Significa poder crear una pausa entre lo que ocurre y nuestra respuesta. Esa pequeña pausa permite pensar antes de actuar, detener una conducta que dejó de funcionar y resistir interferencias o distracciones.

También necesitamos memoria de trabajo. Gracias a ella mantenemos presentes instrucciones, experiencias anteriores, reglas y objetivos mientras estamos actuando.

El lenguaje también cumple una función extraordinariamente importante. A medida que nos desarrollamos aprendemos a hablarnos internamente: “primero termino esto”, “no debo olvidarme de aquello”, “tranquilo, puedo intentarlo nuevamente”. Este habla autodirigida se convierte en una herramienta para gobernar nuestra conducta.

Pero las funciones ejecutivas no son solamente cognitivas.

También necesitamos autorregulación emocional. Una persona puede frustrarse, enfadarse o sentirse decepcionada y, aun así, recuperar progresivamente el control para continuar persiguiendo aquello que considera importante.

Necesitamos además automotivación: mantener el esfuerzo cuando la recompensa no aparece inmediatamente.

Finalmente, necesitamos analizar problemas, imaginar alternativas, cambiar estrategias y encontrar nuevas soluciones cuando el primer plan no funciona. Barkley denomina a este proceso reconstitución o juego autodirigido, estrechamente relacionado con la resolución de problemas.


El gran desafío: organizar el presente pensando en el futuro

El tiempo ocupa un lugar central en este modelo.

Gran parte de nuestra vida implica hacer algo que no produce inmediatamente el resultado deseado.

Estudiamos hoy para aprobar después.

Ahorramos ahora para disponer de recursos posteriormente.

Hacemos ejercicio regularmente esperando beneficios futuros para nuestra salud.

Cumplimos pequeñas obligaciones cotidianas porque forman parte de proyectos mayores.

Las funciones ejecutivas permiten construir un puente psicológico entre pasado, presente y futuro.

Utilizamos experiencias anteriores para decidir qué hacer ahora considerando algo que todavía no ha ocurrido.

Cuando esta capacidad es vulnerable, puede aparecer lo que Barkley denomina “miopía temporal”: lo inmediato adquiere mucho peso y las consecuencias futuras pierden capacidad para controlar la conducta presente.

Por ejemplo, un niño puede saber perfectamente que necesita terminar su tarea, pero jugar ahora resulta mucho más atractivo que obtener una buena calificación varios días después.

El problema no necesariamente es que desconozca qué le conviene.

Puede saberlo, pero el futuro todavía no ejerce suficiente fuerza sobre su comportamiento presente.



¿Cómo aparecen estas dificultades en la vida cotidiana?

Las funciones ejecutivas están presentes en actividades aparentemente sencillas.

Levantarse con la alarma, vestirse, preparar el desayuno, organizar una mochila, llegar puntualmente, recordar una cita, pagar un recibo, terminar un informe o mantener ordenados determinados materiales requieren diferentes grados de autorregulación.

En la infancia pueden observarse dificultades para seguir instrucciones, iniciar deberes, preparar útiles, esperar turnos o terminar actividades.

En la adolescencia aumentan las demandas: estudiar sin supervisión permanente, organizar horarios, planificar trabajos y tomar decisiones con mayor autonomía.

En la adultez aparecen otras exigencias: responsabilidades laborales, organización doméstica, compromisos familiares, administración económica, autocuidado y relaciones interpersonales.

Por eso las funciones ejecutivas no deben entenderse exclusivamente como procesos que ocurren “dentro del cerebro”. Su importancia se manifiesta precisamente en cómo conseguimos desenvolvernos en la vida cotidiana.


Una prueba no cuenta toda la historia

Barkley plantea una importante advertencia para la evaluación neuropsicológica.

Una persona puede desenvolverse adecuadamente durante una prueba breve y estructurada y, sin embargo, presentar dificultades importantes en su ambiente habitual.

En una evaluación existe un profesional que explica la consigna, establece el objetivo, organiza los materiales, disminuye distractores y señala cuándo comenzar.

La vida real exige mucho más.

La propia persona debe recordar qué tiene pendiente, decidir cuándo empezar, organizarse, resistir distracciones, mantener la motivación, controlar emociones, revisar errores y finalizar.

Por ello, una evaluación adecuada de las funciones ejecutivas debe integrar pruebas, observación clínica, escalas de conducta e información procedente de los contextos cotidianos, como familia, escuela o trabajo.

Tampoco debemos hablar indiscriminadamente de “déficit de funciones ejecutivas”.

Una persona puede presentar excelente capacidad verbal y, al mismo tiempo, dificultades de organización visuoespacial; buena memoria de trabajo, pero problemas de automotivación; o adecuada planificación en condiciones estructuradas, pero dificultades para organizarse autónomamente.

Lo correcto es comprender qué funciones están preservadas, cuáles son vulnerables y bajo qué condiciones aparece la dificultad.


¿Qué podemos hacer para ayudar?

El enfoque de Barkley ofrece una consecuencia práctica especialmente valiosa: si alguien sabe qué hacer pero tiene dificultades para ejecutarlo, repetirle continuamente lo que debe hacer puede no resolver el problema.

Necesitamos modificar las condiciones del desempeño.

Una estrategia consiste en externalizar la información mediante listas, agendas, instrucciones visibles, alarmas y recordatorios.

Otra es hacer visible el tiempo utilizando temporizadores, calendarios y cronogramas.

Las actividades extensas pueden dividirse en objetivos pequeños y próximos:

meta grande → pequeños pasos → retroalimentación → siguiente paso → meta final.

Cuando existe dificultad para mantener la motivación, también pueden utilizarse consecuencias y refuerzos suficientemente cercanos a la conducta.

Barkley propone entender estos recursos como verdaderas “prótesis ejecutivas”: herramientas externas que ayudan a compensar aquello que todavía resulta difícil sostener internamente.


Comprender antes de juzgar

Quizá una de las mayores aportaciones de esta perspectiva sea ayudarnos a cambiar algunas preguntas.

Ante una persona que repetidamente no cumple con aquello que aparentemente sabe hacer, en lugar de preguntar inmediatamente:

“¿Por qué no quiere hacerlo?”

podemos preguntarnos:

“¿Qué está dificultando que consiga hacer lo que sabe que debe hacer?”

No toda desorganización implica una dificultad ejecutiva. Tampoco toda impulsividad significa TDAH, ni las dificultades ejecutivas equivalen automáticamente a baja inteligencia.

Necesitamos observar la persistencia del problema, los contextos donde aparece, las demandas de la situación, las fortalezas de la persona y su repercusión real sobre la autonomía y el funcionamiento cotidiano.

La gran enseñanza del modelo de Barkley puede resumirse de manera sencilla:

las funciones ejecutivas nos permiten organizar el presente al servicio del futuro.

No basta con tener conocimientos, inteligencia o buenas intenciones. Para convertir nuestras capacidades en resultados necesitamos detenernos, recordar nuestros objetivos, regular nuestras emociones, manejar el tiempo, mantener la motivación, revisar nuestros errores y continuar actuando hasta alcanzar aquello que nos proponemos.

Comprender esta diferencia entre saber y conseguir hacer permite sustituir muchos juicios por mejores preguntas y, sobre todo, diseñar apoyos más eficaces para niños, adolescentes y adultos.




@mtcharun

Sesiones y consultas

Dra. María Teresa Charún
Psicóloga Clínica Educativa
Máster en Salud y Bienestar Comunitario
Universidad Autónoma de Barcelona - España

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